A fines del siglo XI las sombras de la guerra cubrían la Península Ibérica. Las incursiones árabes iniciadas algunos siglos antes habían logrado establecer un control total sobre la mayor parte del territorio, desplazando a los cristianos visigodos.
Únicamente en las zonas del norte, entre los encrespados riscos, se mantuvieron pequeños nucleos de población que opusieron resistencia a los ejércitos árabes.
Allí, en la muga entre dos culturas, en lo más alto de las montañas pirenicas, casi tocando el cielo con la mano y con el Valle del Ebro a nuestros pies surgimos nosotros: los almugávares.
La guerra, el hambre y también las ganas de llenar nuestros bolsillos de una manera rápida, hizo que nos juntasemos en grupos para saquear, secuestrar y matar a todo lo que se nos ponía al alcance, lo mismo en el lado cristiano que en el árabe. Sin señor alguno que nos mandase nos convertimos en los amos de la extremadura, de la tierra de frontera.
Cada día eramos más, y más mortíferos. Una hueste de cristianos, árabes, aragoneses, vascos, catalanes, gascones… todos mezclados y unidos. Hasta que un día los reyes aragoneses se dieron cuenta de que era mucho mejor tenernos como aliados que como enemigos, y así entramos a formar parte como mercenarios del ejército del rey de Aragón. Eso sí, a cambio de buena paga y del derecho a quedarnos con el botín que sacásemos de cada batalla.
Con Alfonso I el Batallador conquistamos Zaragoza y desde entonces fuimos la vanguardia de sus tropas y de las de sus sucesores en su expansión por los territorios que después serían Aragón y Cataluña; por las tierras de Valencia; por Mallorca; por los condados del país de Oc; desembarcamos en las costas de África; y liberamos Sicilia para sus habitantes y para nuestro rey Pedro III.
La mayor parte de nosotros permanecimos en la isla incluso cuando, poco tiempo después, el rey Fadrique se volvió a enfrentar a los franceses y al Papa. Como siempre habiamos hecho, le pusimos la victoria entre las manos, y esa fue nuestra perdición. Aquella victoria trajo la firma de la paz, y con la paz dejamos de ser útiles para el rey, así que no se lo pensó dos veces antes de quitarnos de en medio.
Por suerte para nosotros, un tipo carismático, el pirata ex-templario Roger de Flor, buscó el modo buscarnos una nueva ocupación a todos, lo que hizo que acabásemos embarcando rumbo al imperio de Bizancio.
Los griegos estaban aterrorizados porque las tribus de turcos se habían apoderado de sus territorios en Asia Menor, y vieron en unos mercenarios de nuestra fama la solución a sus problemas. Pero el tiempo demostraría que no tomaron la mejor elección.
Pronto dejamos a la vista de todos que la leyenda de invencibilidad que habíamos creado a nuestro alrededor no era falsa, y en pocos meses probaron el filo de nuestros coltells genoveses, alanos y turcos, y recuperamos para el imperio buena parte de sus posesiones de Anatolia.
Pero claro, no éramos de los que se contentan con una mísera paga cuando tienes la ocasión de poseer grandes riquezas, así que, después de hacer correr a los turcos hasta los confines de Asia Menor, nos dedicamos a seguir haciendo lo único que sabiamos (robar, matar, violar…), pero a falta de turcos empezamos con los propios griegos que nos habían contratado. No les debío sentar esto demasiado bien en su capital, Constantinopla, y buscaron todos los medios para deshacerse de nosotros. Era la misma historia de siempre; nos usaban y cuando ya no les servíamos nos daban la patada. Aunque esta vez no les salió bien la jugada.
Nos arrinconaron y llegaron a cometer una de las más sucias traiciones. Engañando a nuestro capitoste Roger de Flor, lo invitaron a un encuentro en Andrinópolis y allí, el envidioso hijo del emperador ayudado por su guardia y aliados alanos, lo degollaron sin darle opción a defenderse. Pensaron que descabezando a nuestra Compañía acabarían con nosotros; pero se equivocaron de nuevo, y ese crimen dio inicio a la más sangrienta de las venganzas que hubiesen conocido: la Venganza Catalana.
A partir de entonces, arrasamos la costa del mar del Mármara, sometimos a su población e hicimos que los bizantinos tuviesen que esconderse tras las murallas de Constantinopla. Sin nadie que pudiese hacernos frente, nos dedicamos durante cinco años a recorrer Grecia con la espada en la mano, mientras que asesinábamos a miles de griegos y saqueábamos el país.
En 1310 en la batalla de Almyros derrotamos al ejército más poderoso de la época, la caballería francesa. Desde ese momento y durante ochenta años, conquistamos y dominamos parte del sur de Grecia, haciendo que ducados como los de Atenas, Neopatria, Salona o Livadia pasasen a formar parte de la Corona de Aragón.
Por desgracia, pocos saben hoy que entonces, y durante casi un siglo, el senyal real con las cuatro barras rojas de la Casa de Aragón ondeó en lo alto de la Acrópolis ateniense o que el sagrado Partenón griego pasó a ser la catedral de Nuestra Señora de Cetines.
La historia terminó cuando llegó por allí otra compañía de mercenarios, esta vez navarros, que ayudaron a los franceses a acabar con nuestro dominio. Pero esa es ya otra historia…
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